El ingeniero Lobachevsky tiembla como movido por un incipiente Parkinson. Está mirando las fotos del caballo muerto. Se detiene un rato en cada una estudiándola atentamente, con el ceño fruncido. Cada tanto arquea las cejas, niega con la cabeza, carraspea. Son catorce fotos de buena calidad. Los primeros planos están bien iluminados por el flash, pero las tomas más generales del caballo muerto, mutilado y en pie en la oscuridad de la noche, adquieren un carácter fantasmagórico. Las repasa dos veces, y se las devuelve al Hombre Lobo. Cuando habla, su voz parece arena cemento y grava moviéndose en una mezcladora de hormigón.
-Esto es la obra de un sádico.No
hay nada extraño en este pobre animal salvo, claro, la mente perturbada del hombre que le
hizo eso.
El Hombre Lobo pone las fotos en
un sobre y las guarda en un bolsillo lateral de la bermuda.
-Yo ví un par de cosas medio
raras.
-Las cosas que vio no estaban
ahí. Su amigo se las estaba mostrando. El amigo de Cherasny.
-¿El dueño del campo?
-Sí. Y yo consideraría muy poco
probable que esa persona fuera dueña del lugar.
La biblioteca del ingeniero
Lovachevski es profusa. Y confusa, también. Libros de Cálculo y Análisis
Matemático (Georg Cantor, Leibnitz, Weierstrass, otros). Historia natural,
física, termodinámica, música (un diccionario Grove de lomos azules, por ejemplo)
y en mucha mayor proporción, libros
esotéricos: H. S. Olcott, Savitri Devi, Mme Blavatsky, El tratado de los siete
rayos y el tratado sobre la Magia Blanca de Alice Bailey, Gurdjieff, Dwaj Kuhl,
Oupenski. Muchos otros, encuadernados en
color violeta sin nombre en el lomo. No parece haber ninguna cosa publicada más
allá de 1950. El mueble ocupa dos paredes, y libros comparten lugar con
estantes llenos de discos de vinilo, todos embolsados individualmente en sobres
de celofán transparente. También muchos discos compactos ordenados con el mismo
metódico cuidado: muchos de la serie Deustche Gramophone, Alvan Berg, Lighetti,
también jazz moderno (Archie Shepp,
Coltrane, Art Ensemble of Chicago, Sun Ra). En el living hay aire
acondicionado, puesto al máximo. Lobachevsky se mueve cómodamente, vestido con
un pantalón de corderoy, camisa y cardigan color azul marino. Con bermuda y remera de The Clash, el Hombre
Lobo está un poco encogido por el frío. A su lado, un golden retriever viejo y
gordo cada tanto empuja la cabeza contra la mano para pedir caricias, o le
hunde alegre y confianzudo el hocico entre las piernas.
-Cherasny es la persona con menos
curiosidad que conozco. Toda la gente está esperando que pase algo. Cherasny
no. Sin embargo, anda por acá y tiene sintonía con algunos… ach…geistesgestört…
especialmente peligrosos.
Lobachevsky prende una pipa de
caña larga con un encendedor de alta temperatura, le da cuatro o cinco
profundas chupadas (el humo es denso, blanco, sin olor). Tose un poco.
-En fin. Diviertase si está
aburrido. Pero acuérdese de que no es sólo usted que mira a la cosa. La cosa
tambien lo mira a usted.
El perro se acerca a una de las
cortinas y la empieza a arañar. Lobachevsky
se acerca, corre la cortina y una hoja de vidrio. El perro sale
corriendo a un jardín grande y relativamente descuidado pero muy agradable de
ver, una cosa semi salvaje. Salen ellos también. Afuera hace mucho calor. Son
las siete de la tarde, hay todavía sol pero el cielo está entre rojo y violeta.
Hay muchos mosquitos. El perro hace un recorrido para mear diferentes sitios
del patio, alejándose al fondo para cagar detrás de unos bananos y volver dando
alegres saltos.
-Los bananos son un regalo de
Venus.- dice Lobachevsky.- Los bananos y las abejas. Fueron traídos por visitantes
de Venus. Me gusta mirarlos y pensar en cómo serán los bananos verdaderos.
-Cómo verdaderos.
-Quiero decir, supongo que en
Venus los bananos deben ser distintos. Aunque la carga genética sea la misma,
el entorno es en extremo diferente. Presión, composición química de la
atmósfera, todo muy distinto.
El Hombre Lobo mastica la
información.
-Y las abejas. ¿Abejas no tiene?
-No. Es mucho lío. Pero con los
bananos es más fácil. Están ahí, nomás. Quietos, relativamente.
El Hombre Lobo se mata un par de
mosquitos que empiezan a picarle las pantorrillas. Lobachevsky llama al perro palmeándose
un muslo, y vuelven a entrar al living. El ingeniero va hacia una mesa ratona
y abre un cajón. Saca una carpeta y se la alcanza al Hombre Lobo.
Adentro hay dos cartulinas tamaño A4,
blancas, troqueladas en pequeños cuadraditos de 3x3 mm aproximadamente. Como
única identificación, están impresas con pequeñas runas Sieg en gris muy claro
, dispuestas en diagonal y a intervalos regulares.
-Acá sobre el escritorio hay
medio cuarto, por si quiere probar. El cartón casi no tiene tinta, para que no
haga mal.
El Hombre Lobo lo mete en su boca. Casi inmediatamente frunce el ceño y
arruga el gesto.
-A la mierda.
-Vió que no le miento.-sonríe Lobachevsky.-
Se abre adentro de la boca como un organismo invasor.
La voz del ingeniero sigue
sonando como arena cemento y grava, pero ahora es una mezcla que cae al piso y se
desparrama.





